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Contrario a lo que acontece en muchas otras partes de América Latina y del mundo, no sabemos aún por cual razón sociológica o política, el pueblo dominicano ha prescindido en los últimos diecinueve (19) años de las formas y los mecanismos tradicionales de protesta.

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A pesar de sobradas razones para la protesta pacífica...
guillermo ricart calventi | perspectivaciudadana.com | 29-01-2003
    

Contrario a lo que acontece en muchas otras partes de América Latina y del mundo, no sabemos aún por cual razón sociológica o política, el pueblo dominicano ha prescindido en los últimos diecinueve (19) años de las formas y los mecanismos tradicionales de protesta.

En el olvido ha quedado el recuerdo de aquel trágico y siniestro “Abril del 84”, última expresión espontánea del espíritu levantisco que durante décadas se le atribuyó a los dominicanos gracias a los antecedentes históricos que se remontan a los orígenes mismos de la colonia del Santo Domingo español, a la lucha independentista, a la Guerra de Restauración, a las luchas contra las tiranías y las revueltas armadas mal llamadas revoluciones, así como también, a la resistencia que ofrecieran a las dos intervenciones militares que llevaron a cabo en el pasado siglo los Estados Unidos de Norteamérica contra la soberanía de esta pequeña nación caribeña.

Caonabo, Hatuey, Anacaona, Roldán, Enriquillo, Duarte y sus compañeros los “trinitarios”, Duvergé, María Trinidad Sánchez, José María Cabral, José Antonio Salcedo, Juana Saltitopa, Vicente Noble, Batallón Higüey, Los Andulleros de Sabana Iglesia, Regimiento “Mata”, Benito Monción, Luperón, José Cabrera, Ulises Francisco Espaillat, Rodríguez Objío, José Contreras, Cayetano Germosén, Eugenio Perdomo, Gaspar Polanco, Domingo Ramírez, Juan Nepomuceno Núñez, Timoteo Ogando, Demetrio Rodríguez, Wenceslao Ramírez, Cirilo de los Santos, Andrés Navarro, José Melenciano, Lilís, Món Cáceres, Gregorio Urbano Gilbert, los Gavilleros, héroes y mártires de las luchas antitrujillistas, Manolo y sus compañeros del 1j4, Coronel Fernández Domínguez, Caamaño y sus compañeros, Amaury, Virgilio, y muchos más, son parte de ese imaginario con el cual los dominicanos parecen haber perdido su contacto en el discurrir del tiempo.

Hoy, mansos los dominicanos, se han acostumbrado, unos a la indiferencia o la apatía frente al accionar del Estado y sus representantes, independientemente de cómo les afecten las políticas públicas, y otros, los más, han sucumbido a la impotencia ante el daño que les inflingen estas políticas y la necesidad de procurarse los recursos para la sobrevivencia en medio de grandes precariedades.

Agrupados todos en distintas y variadas organizaciones políticas, civiles, religiosas, comunitarias, empresariales, deportivas, gremiales y sindicales, los dominicanos han fraccionado sus intereses de tal modo que todas éstas instancias carecen de la identidad y la fortaleza para expresar la llamada voluntad popular. Como nunca antes los gobiernos pueden actuar a sus anchas y “comer con su dama”, poniendo en riesgo los intereses colectivos y el futuro mismo del país.

A pesar de la existencia de sobradas razones para la protesta pacífica de los pobladores de ciudades y campos, para la resistencia activa a las recetas neoliberales que ya han fracasado en otros lugares, quienes deberían encabezarlas esconden sus cabezas ante los riesgos que ello implicaría: despidos, persecuciones, marginaciones, perdidas, chantajes, muertes, encarcelamientos, etc. Y no es para menos, de esto sabemos todos.

La debilidad intrínseca del aparato institucional dominicano que permite aún la impunidad ante cualquier atropello del propio Estado contra la ciudadanía se expresa hoy en la incapacidad del pueblo o los llamados sectores subalternos para la protesta, aún en sus expresiones más insignificantes o poco relevantes.

Si bien es cierto que los dominicanos han cultivado con esmero el sentido de la libertad al través de sus largas luchas por la democracia y han cosechado una relativa pero importante paz social para el progreso, no menos cierto es que, hemos ido perdiendo el sentido de la solidaridad, esa argamasa que nos unía ante los enemigos de la Patria, las desgracias colectivas y los malos gobiernos.

La “jornada nacional de protesta” convocada para el próximo 4 de febrero por las llamadas organizaciones populares será una nueva expresión de la falta de voluntad colectiva para la protesta. Sólo si el Partido Revolucionario Dominicano, hoy partido oficialista, asumiera la responsabilidad por los desaciertos de su propio gobierno, esta jornada tendría sentido y éxito; puesto que esta organización política, por desgracia, lo controla todo en la República Dominicana, incluida claro está, la otrora “voluntad popular”.

El descontento creciente de una parte de la población, la más afectada, será ahogado por los medios de comunicación, por los “dirigentes” bajo el control del oficialismo, por los intereses mezquinos que guían a las facciones que componen los distintos sectores, que si no han pactado individualmente con el gobierno a cambio de canonjías y prebendas, volverán indefectiblemente a hacerlo al margen del pueblo que apático, manso e impotente ha perdido la confianza en el sentido de la protesta.

 

 

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