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Asistimos a un proceso de privatización de funciones que antes eran monopolio del Estado, como las de policía, que actualmente son cedidas en cada vez áreas más amplias a compañías privadas de seguridad que son contratadas por el Estado para que hagan tareas que anteriormente llevaban a cabo agentes de policía.


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De los Estados del bienestar al malestar de los estados (2/4)
Carlos Báez Evertsz | pensamientocriticoglobal.com | 09-03-2011
    

Consecuencias de la privatización del Estado y la sociedad

Asistimos a un proceso de privatización de funciones que antes eran monopolio del Estado, como las de policía, que actualmente son cedidas en cada vez áreas más amplias a compañías privadas de seguridad que son contratadas por el Estado para que hagan tareas que anteriormente llevaban a cabo agentes de policía.

Por otra parte, se está imponiendo el concepto de “comunidad cerrada”, lugares donde se reúnen los que tienen alto nivel de ingresos en la sociedad, en lugares exclusivos apartados del resto de los habitantes, y donde existen innumerables controles para el acceso a estas comunidades y limitaciones para circular. Son mundos aparte, separados, y que están funcionalmente independientes del resto de la población, sustraídas al espacio público.

En efecto, cuando la gente se desentiende de lo público, eso incide en la participación política produciéndose una desmovilización ciudadana. Es lo que se denomina el déficit democrático: la gente no le interesan las elecciones, se desentiende de los partidos, desprecian a sus representantes electos, y sienten un malestar o cierto rechazo hacia las instituciones políticas.

La idea que subyace a ese fenómeno social es que el grado de autonomía que tienen los políticos y los representantes electos es tanta, su desprecio por los intereses públicos tan evidente, que éstos harán siempre los que les venga en gana, y los ciudadanos no podrán detenerlos. De manera que se termina creyendo en la impotencia ciudadana para influir en sus acciones, es decir, se entra en un proceso de apatía política y cívica, de escepticismo ante los políticos.

Esto es muy grave porque fomenta la tendencia de los políticos a que sean cada vez más autoritarios, respeten menos los procedimientos democráticos y les importe un bledo las necesidades ciudadanas. Esto les permite practicar la corrupción con mayor impunidad ya que no temen los controles ciudadanos, ya que en definitiva lo que importa no es tanto lo que piense o crea “el pueblo” sino quien controla y decide en los órganos que realmente eligen a los candidatos: los dirigentes de los partidos. Esto es menos acentuado –al menos respecto a los partidos- en los países con tradición de realizar primarias, como es el caso de EEUU.

Otra razón de la apatía política, de la desmovilización cívica, es que, como afirma Judt: “Los políticos actuales no transmiten ni convicción ni autoridad”. Entendiendo por autoridad no la derivada del ejercicio de posiciones de poder o mando sino el respeto que logra tiene una persona motivada por sus actos. “Lo mejor que puede decirse de ellos…es que no representan nada en particular: son políticos light”.

El fin del sueño liberal universal

Como es sabido con la caída del muro de Berlín en 1989 y el desmoronamiento de los llamados países comunistas algunos, como Fukuyama, anunciaban el fin de la historia en un sentido hegeliano liberal, es decir, la humanidad llegaba al punto en que iba a ser posible el establecimiento universal de sociedades democráticas basadas en el respeto de la libertad individual. Y esta universalización significaba en términos hegelianos el “fin de la historia”.

La base económica de estas sociedades sería el capitalismo y no habría ninguna alternativa a ese sistema capitalista-liberal. Tendríamos un mundo donde reinaría la democracia, la paz y los mercados libres. Ese mundo idílico no se ha establecido y desde 2008 se cuestiona, cada vez más ampliamente, porque ha mostrado adónde nos llevan los mercados libres no regulados.

La paz no se ha alcanzado, ahí tenemos la guerra y la desmembración de Yugoslavia, la guerra en Irak y en Afganistán, además de otros conflictos armados localizados pero tremendamente sangrientos como el de Sudán, el de Somalia, el de Palestina, etc. Y si es cierto que se han realizado elecciones en muchos países donde antes las mismas no existían, se puede decir que la democracia no se ha impuesto en muchos de los estados que conformaron la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Adam Michnik lo expresó de una manera muy clara y que abre la vía a reflexionar: “Lo peor del comunismo es lo que viene después”.

Sobre la izquierda revolucionaria

La izquierda revolucionaria creía en la existencia de leyes históricas que nos llevarían de manera ineluctable al socialismo y al comunismo. Había una confianza basada en la ciencia y en el uso político de los datos sociales de que se podían resolver casi todos los problemas sociales a través de la “ingeniería social”. Para muchos de los marxistas más reputados del siglo XIX y principios del XX la marcha hacia esa nueva sociedad se llevaría a cabo a través del desarrollo de las fuerzas productivas que el capitalismo promovía en su propio funcionamiento.

La acción de la clase obrera era tratar de obtener una parte mayor de la plusvalía generada a través del aumento del salario y promoviendo reformas sociales graduales. En un momento dado se podría dar una confluencia de factores que aceleraran el proceso y se produjera una revolución social, pero la misma no era concebida como una consecuencia del voluntarismo político.

Los marxistas mayoritarios eran de hecho reformistas aunque fueran revolucionarios en sus objetivos y metas finales. Rosa Luxemburgo y una minoría en occidente propugnaban la acción revolucionaria, pero ella estimaba que la revolución social sería un movimiento espontáneo de las masas concienciadas y no concebía un socialismo que eliminara toda disidencia por la fuerza bruta e instaurara un régimen totalitario y unipartidista.

Mientras, en el Este europeo fue Lenin –jefe de una minoría entre los diversos partidos marxistas rusos-, el que propugnaba una acción revolucionaria basada en la insurrección popular en una situación favorecida por la primera guerra mundial y gracias a la ayuda que le prestaron los beligerantes alemanes – en guerra contra la Rusia zarista-, para tratar de crear problemas internos en Rusia y que el zar abandonase la guerra y firmara la paz por separado. Los marxistas, en fin, eran en su inmensa mayoría en Europa – antes de 1917- revolucionarios en la meta final pero gradualistas y reformistas en la práctica política cotidiana.

La cuestión es que ya avanzado el siglo XX la confianza en una sociedad idílica, socialista, verdaderamente democrática, libre y más igualitaria, había periclitado y si se mantuvo más tiempo fue por el ascenso del fascismo y el nazismo y la necesidad de contar con apoyos de todo tipo, ideológicos y materiales, para oponerse al totalitarismo nazi, aunque fuera haciendo oídos sordos y tapándose la nariz ante la implacable construcción de otro totalitarismo en nombre de ideales tan nobles como el socialismo y tan utópicos como el comunismo.

No obstante, el marxismo continuó teniendo una gran aceptación y atractivo para los progresistas y siguió así no obstante los cambios producidos en las sociedades europeas por los estados del bienestar. La cuestión era que el marxismo no era solamente un patrimonio de la izquierda comunista sino que los socialdemócratas o socialistas democráticos, también consideraban el marxismo como parte de su patrimonio ideológico.

Fue en el Congreso de Bad Godesberg en 1959 donde el principal partido socialdemócrata de occidente, el SDP de Alemania, abandonó explícitamente el marxismo. Otros partidos lo abandonaron más tardíamente como el PSOE en España que abandono su definición como partido marxista al fin de la década de los 70 del siglo pasado. Ello no implicaba que en esos partidos la teoría marxista no siguiera teniendo influencia, aunque ya no era la teoría fundamental o única que los guiaba.

La izquierda democrática por antonomasia, la socialdemocracia, reclamaba el no ser autoritarios, estar a favor de la libertad y ser demócratas que creen en la igualdad, la justicia social y los mercados regulados. Por ello es justa la apreciación de Judt cuando escribe: “De una forma u otra, la socialdemocracia es la prosa de la política europea contemporánea…hay muy pocos políticos europeos…que no estén de acuerdo con el núcleo de supuestos socialdemócratas sobre las obligaciones del Estado por mucho que puedan diferir en cuanto a su alcance”. Es lo que años atrás llamó Dahrendorf “el consenso socialdemócrata”.

La crisis del Estado del bienestar

Al término del siglo XX la socialdemocracia en Europa había hecho realidad muchas de sus políticas sociales pero había olvidado o dejado a un lado parte importante de su lógica original. Las alianzas interclasistas entre trabajadores industriales, campesinos, y clase media, en que descansaba, sufrió con el abandono de parte importante de la clase media que no quería seguir contribuyendo al financiamiento de las políticas sociales con sus impuestos, pese a haber sido una gran beneficiaria de esas políticas en décadas anteriores.

En los años 70 del siglo XX el desempleo tuvo su reflejo en las finanzas públicas y se redujeron los ingresos por los impuestos. Los que continuaron con sus empleos consideraban que soportaban una pesada carga financiando a los parados. Sin embargo, una parte de esa llamada “clase media” provenía de los trabajadores industriales que en los años 40 eran beneficiarios netos de las políticas del Estado de bienestar, y que, como consecuencia de esas políticas y del crecimiento económico, habían ascendido verticalmente en la escala social, hasta situarse en ese conglomerado estadístico que se suele denominar “clase media”. Como en los años 70 tenían que ser contribuyentes a esas políticas de bienestar se produjo el fenómeno de rechazo a los impuestos progresivos y a la “carga” de las políticas sociales.

En los años 80 y 90 muchos sectores de la población empleada no querían saber nada de asumir los costes de las políticas sociales. Sobre todo, porque los gobiernos influidos por el neoliberalismo empezaron a cortar los beneficios universales de esas políticas instaurando que solo fueran beneficiarios los que no sobrepasan determinados niveles de ingresos, con lo cual éstas políticas eran casi exclusivas para los sectores de ingresos más bajos, los desempleados y la población más pobre, y financiadas por la “clase media”.

“El Estado del bienestar entraña la protección de la mayoría más débil frente a la minoría fuerte y privilegiada”(Leszek Kolakowski). Pero esa idea ya no era aceptada por muchos, se miraba con escepticismo, o parecía una debilidad para quienes se adscriben al darwinismo social y consideran que no es el Estado sino el mercado quien debe regir la vida social, y que de allí surgiría un orden justo: el triunfo de los aptos y fuertes y la exclusión social de los más débiles y menos capaces.

(Continuará)

 

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Etiquetas: Carlos Báez Evertsz | El espectador comprometido | Estado de bienestar | Malestar de los estados | Neoliberalismo | Privatización de la economía | Papel del estado | Estado mínimo | Regulación del mercado |
Enlace al artículo original: http://www.pensamientocriticoglobal.com/2011/03/de-los-estados-del-bienestar-al.html

 

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