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La dirigente Minou Tavarez Mirabal da en el clavo cuando sugiere la trascendencia del debate que viene para el Partido de la Liberación Dominicana ad-portas de su Congreso interno.


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Política y ética: a propósito de la propuesta de Minou
Matías Bosch | perspectivaciudadana.com | 30-12-2010
    

“La gran política comprende las cuestiones conexas con la fundación del nuevo Estado (el aparato jurídico-político que ordena los intereses de clase en la sociedad; nota nuestra), con la lucha por la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras órganicas económico-sociales. La pequeña política, las cuestiones parciales y cotidianas que se plantean al interior de una estructura ya establecida para la lucha por la preeminencia entre las distintas fracciones de una misma clase política”.

Esta cita de Antonio Gramsci resulta una especie de clave para comprender la trascendencia de lo ocurrido en América Latina en los ultimos diez años. Si como ha dicho el presidente de Ecuador la que vivimos no es una “época de cambios” sino un “cambio de época”, no puede eludirse el peso de lo político en esta alteración del curso histórico. La política se ha desplazado desde lo “chiquito” que es la “lucha por la preeminencia entre las distintas facciones de una misma clase política” hacia el conflicto “en grande” entre diferentes sectores sociales, unos dominantes y otros hasta hoy marginados y excluidos de la distribucion del poder. A juicio del biógrafo de Gramsci, Antonio A. Santucci “la gran política va mas alla de la simple administración y no elude temas y transformaciones extraordinarias. La justicia, la libertad, el elemental derecho a la vida…”. La “gran política” pues, es ética y épica, pues se orienta en la construcción concreta de un ideal que implica superar y cambiar estructuras vigentes por otras posibles.

La dirigente Minou Tavarez Mirabal da en el clavo cuando sugiere la trascendencia del debate que viene para el Partido de la Liberación Dominicana ad-portas de su Congreso interno. En articulo suyo del 12 de noviembre de 2010 Minou planteaba la necesidad de reencontrarse con un debate con “vocación de futuro” cónsono con la propia esencia de los hoy dirigentes partidarios que en su momento supieron tambien “dudar de sus dirigentes”. Dentro de eso, incluye lo que ella llama la “moralización de la política” en vez de “politizar la moral”, o bien revisar la relación vigente entre ética y política. Como supuestos de esa relación, Minou considera que: “la política, especialmente la democrática, es flexible, es una práctica que no se agota cuando se dialoga, y que se realiza cuando busca y encuentra acuerdos. La ética, en cambio, es absoluta”.

Si la brecha entre política y ética es un problema de percepción de los ciudadanos sobre sus dirigentes, para los peledeístas lo es más: primero por ser partido gobernante, segundo por constituir su prestigio sobre lo que Bosch llamaba la “autoridad moral sobre el pueblo”. La cuestión es relevante pues en el PLD post sexto Congreso, el conflicto entre éxito político y mantención de la consistencia ética se ha hecho parte de su mapa genético en esta nueva fase “evolutiva”. Al remarcar una compartimentación de la dimension política y la dimensión ética, la pertinente y valiente propuesta de Minou de “moralizar la política” corre el riesgo de no encontrar salida a su propósito último. Hay que desmadejar el enrredo, viendo cuales dilemas son reales y cuales son espejismos que pueden entorpecer las decisiones.

Típicamente la política se convierte en el terreno del debate “moral” cuando se diluye la discusión sobre el ideal y se ausentan las grandes variables a problematizar. La solucion tradicional para situaciones como la que ahora se registra en el PLD ha sido al mismo tiempo un gran problema: en tanto se asentua una insistencia en “los principios” y la conducta es liberada a  la fortaleza o debilidad de la moral individual, la actividad política como totalidad reniega de los grandes debates de fondo y, para devenir en eficiente, se ve reducida a la negociación y producción de pactos entre los márgenes del orden establecido; es la “pequeña política” como diria Gramsci; la táctica convertida en estrategia, diría Bosch. Exito político y consistencia ética se envuelven en un juego excluyente de “suma cero”.

Nicolás Maquiavelo -a menudo estigmatizado injustamente como el “padre” de la amoralidad en política- aporta a la modernidad la diferencia entre la moral individual y la moral política. No es que esta última no exista; es que es distinta. Una tiene que ver con los valores impuestos por las tradiciones –en aquellos tiempo nociones de virtud y pecado instaurados por la Iglesia- y la otra tiene que ver con la consecución y conservación del poder. Maquiavelo superó la visión idealista, “platónica” de la política por la vision humanista, la hizo concreta e históricamente fundamentada en la lucha del pueblo italiano por la unidad y soberania de su nación, ideal que fundaba al “bien superior” del poder exitosamente conservado.
 
El hallazago extraordinario que hace toda fuerza con pretensiones de transformación político-social, como lo fue el PLD, no es encontrar con malabarismo la clave para “moralizar” la lucha por el poder, sino en hacer esa lucha legitima, válida y necesaria en términos de los deseos y las esperanzas sociales, encarnándolas en un ideal histórico, sin lo cual tanto el diálogo y cualquier otra forma de lucha por el poder carece de sentido. Llevar la política a su versión “en grande” parafraseando a Gramsci; a las posibilidades del “cambio de época”.
 
Según Blaise Pascal “La justicia si la fuerza es impotente y la fuerza sin justicia es tiránica”. La ética no es “absoluta” y la política per se no es “flexibilidad” y “acuerdos”: la primera trata de establecer cómo vivir tomando en cuenta consecuentemente al otro, en la búsqueda del bien compartido. En la ética que nos inclina al bien común constituimos los ideales y nos asomamos por consecuencia a la política, a las relaciones de poder que los hacen viables o no. A la inversa, sin tomar en consideración las relaciones de poder, nuestra esperanza de construir el bien común se quedaría apelando a la conciencia de cada quien, precisamente a la “moral individual” que la reflexión de Maquiavelo ayudó superar.
 
Martí habló del “arte de hacer política” como el que permite inventar “un nuevo recurso a cada recurso del contrario” y convertir los reveces en victoria sin que ello signifique “la merma o el sacrificio del ideal”. En las organizaciones que se inspiren en personajes como Martí o Bosch, el conflicto entre política y ética es un falso dilema; el problema debe estar en detectar cuál es la política en juego, si la “grande” o la “chiquita” y la definición de la idea de bien comun que esta en debate, a la que responden o no la táctica y la estrategia.

En su discurso fundacional de 1973, Bosch propuso una fórmula: “No nos proponemos levantar un partido de santos, pero tampoco uno de diablos; a lo que aspiramos es que el PLD sea un partido de dominicanos serios, de dominicanos capaces de hacer sacrificios por su país… que ofrezcan, no que pidan, que a la hora de la verdad den un paso al frente para combatir, no para beneficiarse. Vamos a luchar por la libertad nacional y por el derecho de los dominicanos a vivir libres del miedo al gobierno y a las necesidades”. Propuestas como las de Minou deberían multiplicarse y alimentar un debate intenso y profundo sobre la fórmula ético-política para el tiempo presente del pueblo dominicano, en momentos de un “cambio de época”. 

matias.bosch@gmail.com 

 

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Etiquetas: Minou Tavárez Mirabal | ética | Política | Moralizar la política | PLD |
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