Tres aspectos de la transnacionalización capitalista de pos guerra resultaban particularmente visibles; las corporaciones multinacionales, la nueva división internacional del trabajo y el surgimiento de actividades offshore, de paraísos fiscales.
El fraude capitalista financiero internacional no solo fue una forma de transnacional ismo en desarrollo, sino también la que demuestra con mayor claridad el modo en que la economía dominicana escapo a todo control y supervisión de la Súper Intendencia de Bancos, por ejemplo, o de otro tipo.
La devaluación de la moneda en los paraísos fiscales se introdujeron en el vocabulario publico simultáneamente durante los años setenta para describir la política de registrar la sede legal de un corporativismo multinacional en territorios satelitales de la periferia, por lo general fiscalmente generosos que permitían a los empresarios evadir los impuestos y demás limitaciones que les imponía Impuestos Internos.
Una combinación complejísima e ingeniosa de déficits fiscales, de legislaciones mercantiles y laborales, de agujeros legales y constitucionales, de legislaciones mercantiles, por ejemplo, podía hacer milagros en la cuenta de resultados de un sistema bancario sin control.
Por razones evidentes, los paraísos fiscales se prestaban muy bien a las transacciones financieras fraudulentas, si bien hacia tiempo que en el Caribe los sistemas bancarios pagaban campañas políticas con los ingresos procedentes del registro de depósitos transitorios de terceros, cuyos propietarios encontraban demasiado onerosos las normas laborales y de seguridad de sus países de origen.
En un momento dado de los años ochenta, un poco de neoliberalismo transformo un viejo sistema financiero local, en una gran plaza financiera de lavado, según el Departamento de Estado norteamericano, gracias a la invención de la economía de servicios, sobre todo las inversiones golondrinas y las remesas.
Los dolares depositados en bancos de Estados Unidos y en los paraísos fiscales del Caribe, por ejemplo, y no repatriados se convirtieron en un instrumento político negociable. Esos dólares flotantes, acumulados en enormes cantidades por el cartel del dólar, por los grandes costos políticos y financieros, gracias a las crecientes inversiones de la banca dominicana en el exterior, a la corrupción endémica del aparato, se convirtieron en la base de un mercado totalmente incontrolado, principalmente en créditos a corto plazo, altas tasa de interés, y, en verdad, los ricos experimentaron un tremendo crecimiento.
República Dominicana se encontró, pues, a merced de las inversiones golondrinas que circulaban sin freno en forma de papeles, bonos, en busca de beneficios fiscales y de alto riesgo. Al final, todo el sistema financiero nacional acabo por ser su propia víctima, ya que perdió la confianza de los ahorrantes, el control de la masa monetaria y los tipos de cambio.
A principios del año 2000, por ejemplo, la acción conjunta del Banco Central, y de destacados economistas protagonistas del caos financiero y del servicio de la deuda entre 1978-1986, por ejemplo, y de destacados bancos canadienses y norteamericanos, se demostró nada importante.
En cierto sentido, la economía del tercer mundo capitalista era irrelevante, ya que la función principal de semejante modelo era internacionalizar los mercados mas allá de las leyes sustantivas, es decir, convertir la inversión extranjera en independiente del estado- nación.
En realidad, era un comercio interno monopólico dentro de una entidad transnacional que opera en todo el Hemisferio Occidental. La capacidad de actuar de ese modo reforzó la tendencia natural del capital a concentrarse, habitual desde los tiempos de LILIS.
No era una novedad.
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