Eso,
pena, miedo y vergüenza da ver a nuestros policías y militares
involucrados en la delincuencia de todo género. Desde Paya, hasta
Parmalat, pasando por la extorsión en los barrios, que no es noticia de
primera plana, lamentablemente.
Pero eso viene de muy lejos. Son muchas las décadas que hay que echar
hacia atrás para ver cómo venía este desmadre sin que nuestros
gobiernos hicieran nada para impedirlo.
Tampoco la élite económicamente dominante la cual, ocupando una
posición casi tan determinante en la sociedad como la del mismo
gobierno, no ha hecho sino abandonarla y comprar con su riqueza su
propia seguridad olvidando que si la ciudadanía no está segura, tampoco
lo están ellos y su riqueza. Todo es cuestión de tiempo.
Porque, ¿a quién se le ocurre que se puede poner un asunto tan
importante como la seguridad ciudadana en manos de personas
analfabetas, hambrientas e incapacitadas? Es una de las paradojas más
flagrantes de nuestra sociedad.
Porque el grueso de nuestros guardias y policías proviene de los
sectores más pobres de la sociedad. Es decir, de los sectores
olvidados, marginados, empobrecidos, desempleados… Muchos de ellos
proceden del campesinado que ha perdido lo poco que tenía y ha ido a la
ciudad a "buscársela" como pueda… y a veces como mejor puede es
"enganchándose" a la policía o a la guardia.
Allí recibirá un sueldito que no le alcanza para nada, pero aprenderá
que, como le dijo el doctor Balaguer en una de sus frases
transparentes, eso se completa con "la mordida". El único problema es
que la mordida la paga la ciudadanía.
Y constatará algo más dramático aún: que en sus manos se ha puesto una
cuota importante de la abrumadora autoridad de instituciones
terriblemente verticales, autoritarias y nada transparentes, en las que
siguen "vivitas y coleando" las prácticas del trujillismo más funesto.
Todo era cuestión de tiempo. ¿Cómo es posible que nuestros "ilustres" y "preclaros" gobernantes no se dieran cuenta?
Por eso, da pena el desastre que contemplamos hoy, porque es comprobar
que nuestro país ha marchado sin rumbo, sin planes que establezcan
prioridades y que sólo parece evocar la frase del haragán del cuento
aquél: "Que siga el entierro".
Y da miedo, porque cada día constatamos que la seguridad ciudadana es
un mito… un mito que es un gran negocio para las compañías que venden
seguridad, pero que cuesta millones y millones de dólares al país
porque espanta al mejor turismo y arruina los negocios.
Y da vergüenza que crezcamos pero, al parecer, sólo en el PBI… por
cierto muy maltrecho ya con la crisis mundial ante la cual nos
presumíamos "blindados".
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