Decía mi padre, hombre lúcido y ecuánime - que sabía decir las cosas más fundamentales y significativas como quien dijera algo cotidiano, o corriente -, que la mayor gloria, la mayor alegría para un padre era asomarse a la cuna del hijo recién-nacido y comprobar que era completo y sano. Así, con esa simplicidad, resumía un mundo de verdades y situaciones.
Pasado el tiempo, ya de mayor, instalada en lo que supuestamente se llama madurez, he pensado innúmeras veces en aquella frase de mi padre que aplicada al diario vivir --- trasponiendo su significado a otras acepciones --- se me hace evidente en más de una manera: nada hay más reconfortante que asomarse al día – en las horas recién-nacidas de la corta madrugada – para comprobar que el que llega es un día nuevo sí, pero sano, vale decir, normal.
Un día con su cuota de afanes será sin duda. Pero si es normal, si la tensión que crea en nosotros es la de la expectativa de esfuerzo y trabajo normales ( y ojalá exhaustivo); si el tiempo y las mareas se ajustan a su calendario previsto; si la lluvia es mansa – como hoy---; si la máquina de coser de la vecina se oye rodar sobre su eje con el ímpetu del que está haciendo su quehacer habitual -- ¿sagrado?---, nos llena de gozo, nos esponja el alma; si suenan los cacharros de la cocina en forma casi clandestina para no despertarnos demasiado temprano; si la mano que los mueve es dulce y considerada; si se levanta el aroma del café recién colado como un incienso de maravilla; si llega el periódico y la primera página no nos ofende (ofende es la palabra justa ) con ninguna violación tremenbunda; si canta el pájaro en su jaula; si el primer toque de teléfono es el de la voz hermana que pregunta cómo pasamos la noche, o qué planes tenemos para el día; si el libro que dejamos abierto en la víspera no nos desveló demasiado y espera con sus páginas abiertas que volvamos a adueñarnos de sus tesoros de experiencia y bellezas – o de sus inquietudes ---, ya en prosa, ya en versos ; si el programa que nos espera se ajusta a nuestro humor y a nuestras capacidades; si vibra el aire con una luz que ya hubieran podido desear para sus paletas los grandes pintores impresionistas; si todo marcha no sobre ruedas sino en la forma original para la cual cada cosa fue creada; si persiste un orden en nuestro entorno no demasiado injusto para nadie, y sí suficientemente estimulante para hacernos compromisarios de lo que el día traiga siempre que contemos con plena conciencia de nuestros actos; si somos capaces de bajar la voz para hacernos entender mejor; si no es necesario empujar el caudal de los hechos para que el río corra dentro de su cause; si querer actuar y trascender en el día y la fecha no se traduce en pugnas a ultranza ni en el deseo de prevalecer en forma arbitraria sobre quienes nos rodean…Si todo sucede dentro de un ámbito de naturalidad y gracia…entonces tenemos que reconocer que estamos en plena normalidad para disfrutarla y darle fe de vida por el sólo hecho de estar estrenando un día cualquiera, un día de paz, de trabajo, de esfuerzo: vale decir, de bendiciones sin cuento.
Como aquel niño recién nacido que llenaba de gozo a mi padre.
Santo Domingo, octubre 1ro. 1982.
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