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Con frecuencia oímos hablar del "riesgo país", sobretasa que paga un Estado a aquellos particulares que compran sus letras o bonos soberanos. La "tasa" son los intereses que pagan los bonos del Tesoro Mientras más alto el "riesgo país", mayor será el interés que deberá pagar para recibir dinero prestado. El "riesgo país" lo otorga J.P.Morgan, banco de inversiones.

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El riesgo ciudadano
guillermo ricart calventi | perspectivaciudadana.com | 01-11-2001
    

Con frecuencia oímos hablar del "riesgo país", sobretasa que paga un Estado a aquellos particulares que compran sus letras o bonos soberanos. La "tasa" son los intereses que pagan los bonos del Tesoro Mientras más alto el "riesgo país", mayor será el interés que deberá pagar para recibir dinero prestado. El "riesgo país" lo otorga J.P.Morgan, banco de inversiones.

Como se aprecia, "el riesgo país" es un indicador lastimoso para el País o Estado, penitencia financiera a la que se ve comprometido por el peligro que corren los nuevos dueños de los bonos soberanos. En realidad no "indica" el riesgo del país, los peligros que corre un país o sus ciudadanos, sino los beneficios que podría obtener un particular al invertir en una economía frágil o al comprar dinero en certificados de un Estado que podría tener mayores o menores dificultades en canjearlos a sus dueños, vencido el plazo.

Precisamente por la ausencia de un indicador ciudadano, porque no hay un indicador que mida los peligros que corren los ciudadanos cuando su Estado se endeuda o vende bonos, pero también porque nadie sabe cómo calcular los riesgos que corren la tranquilidad, el bienestar de los ciudadanos y ciudadanas cuando un gobierno aplica políticas públicas temerarias, autoritarias, excluyentes o le falta transparencia en la gestión, Guillermo Ricart Calventi, que no es economista, sino politólogo y comunicador, emprende la tarea de darle sustancia al concepto RIESGO CIUDADANO que mide variables humanas (salud, alimentación, paz, participación) no financieras. Usted puede sumarse a este esfuerzo de construcción colectiva del nuevo concepto RIESGO CIUDADANO.

Roberto Rodríguez-Marchena, editor.

Antiguamente se tenía la idea de que una contingencia, es decir, la posibilidad de que algo suceda o no suceda, era resultado de lo que deparara la providencia, por lo que, el riesgo o la proximidad de un daño era atribuido por igual a ésta. En el fondo de estas nociones hay, a mi entender, una mezcla de fatalismo religioso y su correspondiente dosis de resignación, algo de realismo y su constatación de la probabilística, así como, una proporción importante de certeza, “conocimiento seguro y claro de algo, firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar”.

Desde entonces, como resultado de lo anterior, se piensa que la fe es capaz de explicar cuanto acontezca en un sentido u otro, en tanto el hombre conoce a Dios puesto que, éste le creó a imagen y semejanza según su propia pretensión. No obstante, así las cosas, el hombre frente al destino, “hado”, “fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos”, “encadenamiento fatal de los sucesos”, siempre apuesta a la suerte,”circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o algo lo que ocurre o sucede”.

Así, recuerden “cada uno de ciertos medios casuales empleados antiguamente para adivinar lo porvenir.” “Son las más celebres las llamadas suertes de Homero, u homéricas, de Virgilio, u virgilianas, o de los santos, las cuales consistían en abrir al acaso las obras de estos poetas, o la Sagrada Escritura, e interpretar las primeras palabras que se ofrecían a la vista.”

En realidad, parece que el hombre tempranamente en la búsqueda de una explicación pragmática, cotidiana, de la incertidumbre, es decir, de la falta de certeza y el temor a la equivocación, propia de la falta de control de las variables que determinan los fenómenos que le rodean, asumió también la duda, inicialmente en forma de desafío, afrontó el enojo o la enemistad de sus dioses, contrariándoles en sus deseos o acciones.

Los medios utilizados para ello no son sólo expresión de la tolerancia del hombre frente a lo imponderable, al riesgo mismo, sino también, manifestación de su naturaleza libertaria. La incertidumbre es para el hombre una oportunidad constante de contrariar el destino, la posibilidad de preverle en beneficio propio. En cierto modo, el hombre juega una permanente partida de naipes con el “omnipotente”.

Ciertamente, la especie humana parece necesitar de la incertidumbre, hasta el grado que hay quienes afirman que es el único camino posible, que el camino de la seguridad, lo seguro, no existe. Se piensa incluso que, la certeza es casi siempre expresión de la intolerancia, se duda por ello de quienes la ofertan, puesto que, se cree que la fatalidad e incluso el determinismo, pueden responder al voluntarismo propio de los fanatismos religiosos o de cualquier otra índole; en fin, de la fe.

Sin embargo, necesario es constatar en la historia de la humanidad una evolución gradual, ascendente, del dominio cultural del hombre sobre las variables esenciales para su supervivencia, reduciendo cada vez más sus vulnerabilidades y los márgenes de riesgo que pueden poner en peligro la sobrevivencia de la especie. Si se quiere, al través del tiempo y sus avatares, éste ha acumulado razones muchas para forjarse certezas, puesto que éstas, incluida la fe, han labrado el terreno incierto del futuro.

Por eso hoy las almas y sus Estados no corren ya, “ignorantes”, la suerte de antaño, verdadero reino de la impotencia de unos y otros ante absolutamente todo, verdadero reino de los dioses y sus maquinaciones, de aberraciones absurdas como las del “despotismo” y la Inquisición, o el esclavismo al servicio de la colonización.

Aunque para ello necesite del equívoco, el hombre aprende de sí mismo, tras la ignorancia que tiene éste de algo, por no alcanzar motivo o razón para desconfiar de ello, viene el entendimiento, la certeza de lo que no se debe repetir, de lo que le es ciertamente riesgoso.

Clara está la imposibilidad de prescindir de la incertidumbre, puesto que, ésta es parte de la existencia misma del hombre; razón de la esperanza, oportunidad para su superación individual y colectiva, instrumento, si se quiere, para enfrentar el futuro, aunque en ningún caso para registrar y acuñar el pasado, puesto que, alrededor de éste no podemos forjar la duda, el pasado al igual que la fe no conoce la duda, sobre éste no se puede alegar ignorancia y pretender que se nos exima de culpa; aún sea supina esta alegada ignorancia que procede de la negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse.

A pesar de ello, el desarrollo desigual de los pueblos expresado en las distintas formaciones económicas y sociales sugiere en términos históricos una superposición de ambas categorías; en algún sentido, el pasado de ciertos países ha prefigurado el futuro de otros; sin embargo, el futuro al que se enfrentaron esos países no será el que tendrán que descifrar los otros, independientemente de la falta de certeza que le preceda. Como ven, no se trata de que la historia se repita.

Los pueblos, las naciones, para poder sobre vivir y competir con cierto éxito, están obligados a un ejercicio de comparación constante, de modo que, aprenden continuamente de ésta; puesto que además, la velocidad de transmisión de los conocimientos siempre será mayor que la velocidad de generación de los fenómenos sociales a partir de los cuales la gente adquiere nuevos conocimientos. Así, de alguna manera, éstos son advertidos sobre los riesgos que otros pueblos han corrido y sobre cuales han sido sus resultados.

La “raza” humana se forja en su relación con la naturaleza y en comparación consigo misma. Basta y sobra que alguien “demuestre” una “verdad”, para que ésta se expanda a la velocidad de su “simple” constatación, y rápidamente resulte una necedad actuar al margen de ésta o ignorando su existencia.

De ahí, aquello de “mirarse en alguien como en un espejo”, indicando tener mucho amor y complacerse en las gracias de alguien. O aquello de “mirarse en el espejo” para indicar que algo debe servir de escarmiento. O, “no te verás en ese espejo” para prevenir a alguien de que no logrará lo que intenta o pretende.

De ahí también que, advertidas las naciones y sus respectivas ciudadanías de la existencia real de un riesgo colectivo, por tanto, ciudadano, llamado también “incertidumbre”, por mínimo que éste pueda suponerse, la cordura sugiere verse en el espejo “obsidiano”, propio de los americanos, con el propósito, no de vernos reflejados, sino de jugar a someter el futuro a nuestra planificación, evadiendo las trampas en las que han caído otras naciones, otras poblaciones, otras ciudadanías, prescindiendo de la suerte al momento de tomar grandes decisiones, al momento de poner el Estado en manos de alguien.

El Riesgo Ciudadano es un nuevo indicador al servicio de la ciudadanía que mide los niveles de competencia y negligencia de las políticas públicas en función del riesgo colectivo expresado en costos económicos y sociales. ¿Qué le puede costar y cómo debe la ciudadanía asegurarse el futuro?

Este indicador mide los niveles de “incertidumbre” implícitos en las políticas públicas y las acciones gubernamentales, así como, las consecuencias de los distintos escenarios que éstas proyectan y ejecutan. Permite orientar el rumbo en función de los intereses ciudadanos a mediano y largo plazo. Es por tanto, un instrumento capital de la “Seguridad Ciudadana”.

El Riesgo Ciudadano permite calcular por igual los niveles de certeza que éstas implican, cuáles son las referencias a las que podemos apelar en el arte de la comparación, en la utilización de los espejos, no sólo de los que nos halagan y convierten en realidad los sueños, sino también, de los que consultados muestran la tragedia de vastos sectores sociales como consecuencia, entre otras muchas razones, de la negligencia.

Este “indicador” deberá ser construido colectivamente, se formará con la argamasa de la suspicacia ciudadana, de la duda metódica, de la participación y la discusión pública, de la rendición de cuentas, de la buena voluntad, de la responsabilidad de los actores sociales y políticos, de una escasa proporción de suerte y con una muy poca y desentendida atención de los dioses, que parecen entretenerse en otros entuertos del universo.

 

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