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La muerte, así de vulgar como es, es una gran vaina, pensaba José Juan de Regla mientras iba de un sitio a otro colocando veneno de cucarachas, la gran desgracia desde que llega el calor. Y aquel día, la muerte vino a su propia puerta a perseguir a su compadre Juan de Dios.

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Bolos y Coludos. Relato.
ramón tejeda read | perspectivaciudadana.com | 28-11-2008
    

La muerte, así de vulgar como es, es una gran vaina, pensaba José Juan de Regla mientras iba de un sitio a otro colocando veneno de cucarachas, la gran desgracia desde que llega el calor. Y aquel día, la muerte vino a su propia puerta a perseguir a su compadre Juan de Dios. Miró por la ventana y vio el escándalo de polvo y de sol. Un viento de cuaresma seco y frío resecaba el planeta. Entre el polvazo y el breñal, a un costado del camino, una sombra se tambaleaba. José Juan de Regla se apartó un momento para buscar los espejuelos pero antes de ponérselos vio dos brazos largos y muy flacos colgarse a su ventana. Era su compadre Juan de Dios y venía desastrado. Ni siquiera entró por la puerta del colmadito sino que vino a la ventana por la que él lo había descubierto y jadeante emitió una sola palabra: “Sálveme”.

Estaba negro de sol, la ropa en harapos, los pies ensangrentados como si hubiera caminado sobre un lecho de brasas, y los ojos profundos y el cuerpo esmirriado no daban lugar a dudas: “Este hombre está jodido”, pensó, pero al mismo tiempo recordó al coludo de la mierda que era ése que había sido su compadre y que un día, de buenas a primeras, se volvió bolo; sí, se volvió en su contra y ahora viene a pedirle que lo salve.

El cuadro de aquel ser acabado era desgarrante, pero José Juan de Regla era hombre de guerra y no estaba dispuesto a atender fácilmente a un bolo; y menos él, un coludo avezado en las mañas del pelear y enemigo a muerte de los bolos, y especialmente de éste, que en algún momento había sido su compadre coludo.

“¿Y de quién lo voy a salvar?”, le preguntó con desdén.

“Me vienen persiguiendo; me van a matar”, le respondieron la voz y el espectro agotados que quedaban de aquel hombre. En los ojos metidos al fondo de las cuencas hondas y en el rostro consumido pudo comprobar que le hablaba verdad.

“Brinque por ahí mismo y métase detrás de esos serones que están ahí”, le dijo, y vio cómo se abrieron los ojos del perseguido iluminados de súbito por una tenue luz de esperanza y sorpresa.

“¿Qué coño estoy haciendo?”, se preguntó en seguida José Juan de Regla, y recordó su pierna atravesada por la bala que le destrozó la rótula aquella noche del enfrentamiento con los bolos. Vio su pierna enteriza, sin flexión, y sintió la dificultad de caminar que lo sacó de la guerra y lo recluyó en el ventorrillo y las dudas se apoderaron de él. Pero él no era un coludo cualquiera: era sobretodo un hombre, como a él le gustaba recordar, y era eso lo que le llevaba a ayudar en trances como éste incluso a un traidor desahuciado.

No había comenzado a picar el tabaco de la venta cuando vio llegar a cuatro hombres que cabalgaban cuatro rayos. Los caballos sudados se detuvieron frente a la venta.

“Buscamos a un hombre”, le dijo el que parecía de más edad. Él los miró brevemente y vio en ellos a la muerte bola, la misma que en su adolescencia le arrancó a su tío Jacinto, y un escalofrío de venganza le recorrió el espinazo; pero bajó la cabeza para continuar picando tabaco. Debían ser bolos, pensó, aunque como ya no se sabía quién era quién, también podrían ser coludos, gente de su propio partido peleándose entre sí. “Esta guerra ya lo ha confundido todo”, se dijo. Por eso a él lo movían otras ideas. Entendía que a los hombres se los mata peleando, de ahí su respuesta:

“Yo no he visto a nadie por aquí”.

“Pero si venía en esta dirección…”.

“Pues yo no he visto a nadie”, les repitió, y los cuatro jinetes de la muerte reemprendieron la marcha.

Los miró alejarse y volvió a evocar aquella mañana de adolescente en el colmadito del tío Jacinto. Recordó el galopar apresurado de los caballos y a su tío que le dice “tú, levanta esas tablas y métete debajo del piso. No hagas nada ni salgas a nada. Deja que yo me encargue de estos señores”. Llegar los dos hombres y desmontarse fue una misma cosa.

“¿Usted es Jacinto José de Regla?”

“Para servirles”, respondió su tío Jacinto.

No se habló más nada. Los dos hombres entraron a la venta, sacaron a su tío a empujones y, una vez afuera, uno de ellos, el más joven, sacó un machete y voló en claro la cabeza al tío Jacinto. Como si nada hubiese ocurrido, los hombres envainaron machetes, montaron sus caballos y se marcharon con la misma premura con que habían llegado. Él, que había visto todo por una hendija, no olvidaría jamás aquella desgracia. Aquella cabeza separada de su cuerpo, el espeso chisguete rojo, los estertores de la muerte, el mar de sangre en la tierra, los caballos inquietos y los dos jinetes sudados.

Su tío era coludo, como lo es él hoy, y aunque nunca pudo comprobarlo, entiende que sus asesinos eran bolos. Desde entonces tuvo la convicción de que “los bolos son la gente más mala que pueda haber en el mundo”. El asco de aquella escena de la adolescencia lo condujo a una segunda decisión: “Yo nunca mataré a un hombre indefenso”, dijo evocando la cabeza de su tío saltando por los aires, y enfatizaba: “…aunque sea el bolo más malo. Mis heridas son de guerra, no de traición o abuso”.

En esas cavilaciones estaba cuando vio regresar con igual determinación a los cuatro hombres que buscaban al perseguido. Ahora los miró uno por uno. El primero era jabao, es decir, blanco desteñido con el pelo amarillo y rizo; el otro era un negro altivo de bigotes finos; el tercero era un mulato fornido de ojos verdes y el cuarto era blanco, como el primero, con el pelo lacio y una cicatriz que cruzaba el lado derecho de la cara desde la oreja hasta el mentón, probablemente una marca inequívoca de la guerra. Comprobó que otra generación tomaba su lugar en la montonera.

“Nosotros sabemos que el hombre que buscamos está aquí”, dijo el jabao, y José Juan intuyó que algún chivato había cantado. Mas persistió impávido:

“Yo les dije que no hay nadie escondido aquí, pero si quieren pasar a comprobarlo van a tener que pasar sobre mi cadáver”.

Y bien pudieron haberlo hecho, pero habían oído hablar de José Juan de Regla, amigo de Trujillo el asesino de Desiderio, y prefirieron no cometer el error. Él se atenía a su machete vaciado y a un viejo revólver que descansaba sobre sus piernas envuelto en un trapo mientras picaba tabaco sobre un tablón de guayacán. Las cuatro fieras se marcharon.

En la pequeña despensa de atrás del ventorro y bajo los serones apilados, otro drama tenía lugar. El perseguido había oído todo y ahora debía la vida a su viejo compadre. Cómo agradecerle. Cómo pagarle. Cómo decirle que era de nuevo coludo y que por eso lo buscaban los bolos para matarlo. Eso pensaba cuando sintió asomarse una sombra de paso cansado que le dijo grave:

“Yo creo que el peligro ha pasado y que pronto usted podrá continuar su marcha. Aquí usted no está seguro. Coja esos zapatos viejos que están ahí”.

Otra indicación feliz vino con aquellas palabras:

“Ahí hay un poco de queso con unas galletas; tómelos y sepa que usted no me ha visto ni me debe nada”.

El viejo José Juan vio partir al hombre y sintió en su corazón la dicha de los hombres buenos. Poco tiempo después oyó un disparo en la distancia, pero en tiempos de bolos y coludos aquello era demasiado común, así que continuó en sus menesteres mientras el viento seco de la cuaresma levantaba el polvo de la calle. Fue unas horas más tarde cuando vio un niño que traía un mulo sujetado por la jáquima y atravesado sobre el lomo del animal venía el cuerpo de un hombre. Por los brazos y los pies que colgaban largos y flacos a ambos lados del mulo pudo adivinar que era un hombre alto y muy delgado. El corazón le palpitó de prisa y cojeando se acercó al niño y le preguntó qué había pasado:

“Es mi papá. Lo han encontrado en la cañada con un tiro en la frente”, le respondió llorando, y él reconoció al instante a su compadre bolo que nunca pudo comunicarle que ya era coludo otra vez. Él mismo me contó esta historia sentado en su mecedora de viejo gobernador nombrado por su amigo el general Trujillo.

 

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