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La gran lección económica del siglo XX es que el mercado no puede prescindir de regulación del Estado ni de una activa política monetaria contra la recesión.


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La Argentina, en la época colonial
paul krugman | CLARIN.COM | 12-12-2001
    

La gran lección económica del siglo XX es que el mercado no puede prescindir de regulación del Estado ni de una activa política monetaria contra la recesión.

La semana pasada, el sitio en Internet "SatireWire.com" publicó una nota periodística fingida titulada "Enron (la gigantesca corporación del rubro energético que este mes se presentó en quiebra) admite que es realmente como la Argentina". Fue bastante cómico aunque injusto también —para la Argentina—.

Sin embargo, la sátira estaba más acertada de lo que sus autores se dieron cuenta. No hace mucho tiempo atrás, la Argentina, al igual que Enron, era el favorito de la comunidad financiera. Y al igual que Enron, la Argentina era vista como un modelo por la misma gente, en gran medida. El sistema monetario argentino, en especial, era elogiado en las páginas de Forbes y el Wall Street Journal, además de ser festejado en los tanques de pensamiento liberales.

¿Por qué razón la misma gente tiende a admirar a Enron y a la Argentina? Porque cada uno a su modo, tanto la compañía como el país, intentaron atrasar el reloj hasta 1913. Ambos fueron experimentos que pusieron a prueba el credo liberal: que la gran expansión en el papel del gobierno, en el tiempo comprendido entre las dos guerras mundiales, era injustificada. Ambos debían demostrar, supuestamente, que el activismo del gobierno es innecesario y que el radical "laissez-faire" funciona.

El experimento Enron tuvo que ver, básicamente, con deshacerse de la regulación —regulación de los precios y del comercio financiero—.

La mayoría de estas regulaciones tuvieron su origen en el temor de que los consumidores, trabajadores e inversores fueran explotados por aquellos a los que Theodore Roosevelt llamaba los "malhechores de las grandes riquezas".

Enron utilizó su influencia política para crear lo que uno de sus propios ejecutivos llamó "un agujero negro regulatorio" en el que podía operar libremente. En diciembre pasado, el senador Phil Gramm impulsó una ley fuera de toda norma que básicamente liberó a Enron (cuyo directorio —y comité de auditoría— incluye a una tal Wendy Gramm) de las reglas que rigen a otros comerciantes de materias primas. Los lectores recordarán que el senador Gramm también ayudó al sector bancario a bloquear medidas para limitar el lavado de dinero.

Lo que creían los admiradores de Enron es que esa experiencia iba a demostrar que son injustificados los temores sobre mercados no regulados. Lamentablemente, lo que desapareció por ese agujero negro no fue el desorden burocrático sino miles de millones de dólares ganados con sacrificio, incluidos los de los propios empleados de Enron. O tal vez no era un agujero negro sino un agujero de gusano y esos miles de millones de dólares surgieron en algún otro universo —por ejemplo, en cuentas bancarias en el extranjero—. Ya que los malhechores de las grandes riquezas existen y algunos de ellos estaban manejando Enron.

Experimentos
Si Enron fue un experimento en lo que tiene que ver con la desaparición del activismo regulatorio, la Argentina fue un experimento en lo que se refiere a deshacerse del activismo monetario.

Luego de generaciones enteras de mala administración, la Argentina regresó a un sistema monetario de la época colonial, a la convertibilidad, que sacó al gobierno de lo que había sido la norma hasta ese momento. Ya no irían de crisis en crisis y ya no habría más destructivas intervenciones del gobierno. Argentina facilitaría dinero sólido y dejaría el resto al libre mercado.

A pesar de que Argentina atrajo con ello a los oportunistas de siempre, estoy seguro de que tanto los creadores de su sistema monetario como muchos de sus admiradores creían sinceramente estar trabajando por el bien de todos. (Contrariamente a lo que algunos pueden haber deducido de una columna anterior, ningún integrante del Instituto Cato está en el negocio de asesorar por la convertibilidad).

Lamentablemente, estas buenas intenciones prepararon el camino para el infierno. Al igual que los empleados de Enron, los ciudadanos argentinos están confundidos con su cambio de suerte y se preguntan qué ocurrió con su exitosa historia económica.

En las últimas semanas, la amarga ironía de la situación argentina se convirtió en algo como demasiado grande de tolerar. El sistema monetario del país fue introducido en nombre del "laissez-faire". Hoy, en sus desesperados intentos para salvar al sistema del colapso inminente, el gobierno argentino impuso drásticas restricciones a la libertad económica.

Los argentinos no pueden sacar más de 1.000 pesos mensuales de sus cuentas bancarias. Volkswagen saca avisos en la Argentina que dicen "Al menos, cuando usted coloca su dinero en el garaje, puede sacarlo cuando quiere".

No me malinterpreten. No soy de esas personas que piensan que los mercados son la encarnación del mal y que el deseo de hacer dinero es algo que está siempre mal.

Por el contrario. Creo que los mercados son cosas muy buenas, de hecho. Pero la gran lección económica del siglo XX fue que, para funcionar, un sistema de mercado necesita un poco de ayuda del gobierno.

Regulaciones, para evitar abusos, y una activa política monetaria para combatir las recesiones. Las debacles gemelas en Houston y Buenos Aires demuestran que esta gran lección no ha perdido su importancia.


Traducción: Silvia S. Simonetti.

 

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Etiquetas: Paul Krugman | Argentina |
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